5.17.2019

Even when it hurts


Es tan sencillo equivocarse, es tan fácil desobedecer, pero deja de serlo cuando no entendemos la gravedad que podría tener la consecuencia de nuestras acciones. Creo que el peor castigo que pude recibir ante mi desobediencia ha sido el hacer morir esta idea, esta ilusión que por extraña que le resultara a mi corazón, anhelaba con fuerza- pensó con los brazos pesados, y dejando su bolso sobre la mesa del comedor, apesadumbrada con la resolución del médico. Por primera vez sintió vergüenza de lo que había hecho, la mayor vergüenza le esperaba cuando él llegara a casa. Se sentó en el sofá esperando poder ordenar sus pensamientos y poder articular bien lo que diría, pero no podía. Tal vez a él no le importaría en lo absoluto, pero a ella sí. Le dolía, le dolía mucho. 
Le dolía dejar ir a la ilusión, le dolía solo pensar que esa vida que había imaginado, se desvaneció con las palabras del médico.  -Es demasiado riesgo, es mejor que jamas lo intentes. 
En ese momento una parte de su corazón se quebró, sintió que al escuchar aquella declaración se le escaparían las lágrimas, pero solo aceptó el diagnóstico, ocultando el terremoto que sentía dentro del corazón. 
Cerró los ojos, se encontró en su habitación, por una luz tenue. Ahí estaban las dos, frente al espejo. Tal vez solo fue eso, un espejismo de felicidad, el deseo de ser normal, el deseo de ser alguien que jamás podrá ser. Podría sentir su peso sobre sus piernas, su cabeza levente apoyándose en su pecho, y esa sensación tan dulce que la embargaba cada vez que se reunían, pero esta vez le ardía, quería arrancarse el corazón, los pensamientos, como quien arranca de raíz una planta. Era difícil aceptar que sería la última vez que la vería, de hecho ya no deseaba hacerlo. Le causaba dolor, desesperación. Entre lágrimas, se acercó a su cabello, besándola. 
Nunca imagino que el camino fuese tan difícil. No quería irse, quería tenerla allí, entre sus brazos para siempre. Fue una bella ilusión. Poco a poco, la luz de la habitación fue bajando, hasta que solo podía escuchar su respiración y la de su ilusión.  Sentía que en cualquier momento la perdía. La abrazó con todas sus fuerzas, por última vez.  Se preguntaba, como no habría posibilidad de que ocurriera un milagro. Fue en eso, cuando se dio cuenta de que la pequeña ilusión había desaparecido. 
Los muros del corazón se cayeron, y se sintió tan sola y sin dirección. No podía entenderlo, no quería aceptarlo. Quería creer en que Dios tenía el poder para cambiar esa situación, que su voluntad podía ser otra, que tomara ese riesgo. Pero algo le repetía dentro de sí -No tentarás al Señor tu Dios. Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. 
La luz brillante de un propósito la despertó. Solo eso podría sanar la herida que habían dejado sus errores e ilusiones.


 


mamdre e hija