3.27.2018

Ensueño de Rutina


Amor de madre

Aquel día había sido largo, todos lo demostraban en sus rostros. Era una ciudad cansada, sin una gota de color ni ilusión.
El invierno se había prolongado más de lo que todos podían esperar, y las ventanas del bus comenzaban a empañarse dado al calor de las personas y el encierro.
A ella su mochila le parecía más pesada de lo acostumbrado. No era un recorrido acostumbrado, y presentía que las personas a su alrededor lo sabían. Miró su reflejo en una ventana, denotaba demasiada juventud, poca vida y mucho por delante, pero su corazón le gritaba lo contrario.
Qué no daría por reencontrase con esa sensación otra vez, con esa dulzura otra vez. Le rogaba a Dios poder ver ese pedacito de cielo,  percibir por segundos ese sentimiento, esa ternura que podía mantenerla despierta, sin adormecer su corazón por la rutina, por el mundo, por lo pasajero.
Cuando reacciona, le corresponde su momento de bajar del bus, apenas puede se carga su mochila a la espalda, mientras los pasajeros a su lado le regalan una mirada de compasión innecesaria. Lo último la lleva a pegar la mirada en el piso sucio, grasiento y mal oliente, igual como lo era panorama general de su vida. La puerta del bus se abre a duras penas emitiendo un rechinido excesivo. Da un paso hacia el andén y escucha: "¡Ahí viene la mamá!". Al levantar la vista, en cosa de segundos su corazón se vuelve una máquina que guarda con desesperación cada imagen, cada sonido, aroma y sentimientos de la escena.
Sus pies se congelan. Dos perlitas verdes no se despegan de su figura y extendiendo sus brazos hacia ella, la pequeña ilusión intenta llamarla.
Sus pasos estaban anclados al suelo, y al intentar dar un paso un pegajoso alquitrán azul no la deja avanzar, era como si el piso del paradero se derritiera bajo sus pies, y así era.
De pronto, una mujer tras de ella baja del bus.
-¡Mi vida!- señala la mujer con tono sabroso, abriéndole los brazos, con una sonrisa en el rostro.
A penas la observa con determinación, reconoce el cabello, el abrigo y un particular anillo que lleva la mujer en su dedo. Entonces la escena y el misterio está resuelto.
El hombre que sostenía al dulce bebé en los brazos, levanta sus gafas colocándoles en su cabeza, le sonríe a la mujer y la besa, entre miradas de complicidad le entrega al bebé a cambio de llevar sus cosas. ¡Esa mirada!, esa mirada la podría reconocer en cualquier lugar del mundo. El pequeño angelito se puse en medio de ellos tomando la mano de cada uno, emprendieron el paso.
Ella los miraba alejarse, alejarse hacia el futuro, pero con la dulzura de haberlos visto una vez más, sus pies tocaron nuevamente el suelo real, pero ya no le importó nada, ni el invierno que se había prolongado, ni la mochila, ni el cansancio de la vida, ni mucho menos el miedo de no alcanzar a vivir lo que le espera en el camino. Porque aunque el corazón le gritara lo contrario, Dios ya tenía todo preparado.

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