1.28.2018

Madurar

Un silencio rotundo llenó el comedor y se coló entre las tazas de té ya bebidas, y se instaló en sus labios, hasta que de pronto su corazón adolorido expresó lo que tantas noches le había quitado el sueño:

-Lo extraño - un nudo le apretó la garganta y agregó - lo extraño mucho. 

A su tristeza recibió como respuesta un rostro decepcionado y  duras palabras 
-Aprende a vivir sola, como no vas a poder vivir sin alguien que te esté molestando siempre. 

Eso la golpeó, como cuando golpeas una campana y el sonido se disipa por toda su estructura, así se transmitió la tristeza por cada rincón de su carne, empezó por su garganta llegó a su estomago, se transmitió por su sangre, apuñaló al corazón y congeló sus extremidades. No obstante, no se paralizó del todo, no quiso ser víctima, ya no más. 
Se levantó gentilmente, no quiso hacer drama, ya no es una niña. Ya no más.

¿Aprender a vivir sola? Resultaba cómico, viniendo de una persona que no conocía la soledad, resultaba cómico, para una persona que la soledad casi la consume.
¿Alguien que te esté molestando siempre? Eso le quedó dando vueltas en la cabeza,  ¡Pero que más daba! Su corazón ya no escuchaba palabras vagas, palabras del odio, palabras que no sabían de amor, del verdadero amor.

Dejó de pensar en el episodio, no valía la pena entristecerse por un consejo de alguien que no valoraba a quienes mantenía a su lado.  Suspiró, el aire le colmó de una sensación dulce, de la sensación de aquel Espíritu que acompañó a los discípulos; le dio paz. 

Se sentía bendecida, sorprendida, y aún más los amaba a ambos. Amaba a Dios por permitirle experimentar el amor, como el amor de su Hijo Jesús hacia su Novia la Iglesia; por permitirle vivir aunque fuera una pizca de lo que se sentía esa relación, y de lo celestial que representaba el amor de Novios.  Inexplicable la sensación que le embargó al pensar lo superior que era el amor de Jesús hacia ambos, inexplicable el amor que sintió aún más hacía quien ella extrañaba, que ambos conocieran esta verdad, que juntos caminaran y se acompañaran hacia la gran boda Celestial. 
Parecía que todos los errores quedaban en el pasado, que ya nada podría empañar lo que Dios había decidido: Su Felicidad.